La cadena de televisión CBS muestra un dramático video que ilustra los efectos devastadores que la sequía está produciendo tanto en la agricultura como en el tejido social y económico de las zonas rurales de California. El personaje principal, Tony Azevedo, representa la tercera generación de agricultores del Valle Central. Durante décadas su familia ha cultivado melones. Este año no lo harán y habrán de dejar 4.700 ha en secano. Mientras contempla sus campos baldíos, Azevedo manifiesta “este campo habría de estar lleno de melones, si tuviéramos agua”. “Tomates, ajos, judías….tantos y tantos productos que podríamos haber cultivado”.

Azevedo ha de ser muy cuidadoso con la utilización de sus aguas subterráneas, que bombea desde el subsuelo para regar sus cultivos. “Es totalmente inusual para nosotros utilizar únicamente agua subterránea para regar, como estamos haciendo hoy” y confiesa al reportero su visión de la situación “es como si cogiéramos un vaso de agua y pusiéramos una pajita, dos pajitas, tres pajitas…..llegaría un momento en que se acabaría toda el agua…..pues bien, eso es lo que está pasando con el acuífero. Es un gran vaso, del que estamos bebiendo todos”.

Los niveles piezométricos en los alrededores del pueblo de Stratford han bajado una media de 24 metros en tres años, según el Departamento de Recursos Hídricos. “Sin agua no se consigue nada. Nadie puede vivir. Nadie puede sobrevivir. Es así de sencillo”. La sobre-explotación de los acuíferos está causando la subsidencia del suelo. Algunas zonas del valle de San Joaquín están bajando hasta 0,30 m al año. Aunque esa velocidad no es la que se está produciendo en Stratford, el pueblo se está encogiendo en muchos otros sentidos. “La ferretería local, el taller de reparación de coches, el distribuidor de tractores: todos dependen de los agricultores para seguir funcionando, y eso es imposible en este momento” “Paralizar una tercera parte de nuestro rancho significa reducir nuestros gastos en la misma proporción y eso afecta a todos los demás”.

Muchos edificios a lo largo de la calle principal están vacíos. Ya no hay ni estación de servicio, ni restaurantes, aunque se pueda conseguir una taza de café en la tienda de repuestos de automóvil que regenta Wesley Rodrigues. En la verdulería del otro lado de la calle, Mahmod Almihiri mira desconsolado como los negocios se marchitan y confiesa: “Sin agua no hay trabajadores”. Algunos de sus clientes tienen dificultades para llegar a final de mes y debe fiarles sus compras. “No puedo decirles que no”. Ya acumula unas deudas de 7.000 dólares. Es el precio que ha de pagar para ayudar a los vecinos que lo necesitan. Está convencido que su negocio y su pueblo sobrevivirán una nueva generación. “Tengo esperanza, pero hemos de conseguir agua para esta tierra” confiesa un cliente. “El agua atrae a la gente. Sin agua no tenemos nada. Nadie puede vivir. Nadie puede sobrevivir. Es así de sencillo”.